El sanatorio
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Pedro M. Martínez
Lo mejor de la vida es el pasado,
el presente y el futuro.
Pier Paolo Pasolini
L
a frase anterior, atribuida a un gran escritor y director de cine italiano, la cité también en un cuento llamado Treinta años después, que verá la luz en papel —si algo no se tuerce— en mi próximo libro Vete al infierno, Stein. Este proyecto es una coedición literaria con Carlos Montuenga, amigo y compañero de taller literario, con quien llevo años compartiendo cafés, debates y alguna que otra corrección de estilo.
Traigo a colación esta cita porque, aunque suene a excusa para parecer culto, tiene que ver con los recuerdos que voy a intentar describir aquí. Antes de seguir, un inciso: «traer a colación» no solo sirve para aparentar que sabes de derecho, sino que también es un término jurídico que significa que si heredas algo antes de la muerte del causante, tienes que devolverlo después de la misma para que la repartición sea justa. Así que, si alguien esperaba que le regalara mis recuerdos, siento decir que hay que ponerlos en la masa común.
Todos somos herederos del pasado, o al menos deberíamos serlo, aunque algunos solo hereden deudas. Yo pongo sobre la mesa recuerdos que revivo después de cincuenta años, observando fotos que hice cuando la cámara digital era solo un sueño de ciencia ficción, y la única forma de saber si el carrete salía bien era preparar las cubetas y cruzar los dedos.
Era 1976. Un día, la pasión montañera de nuestro grupo nos llevó a las ruinas de un edificio enorme, perdido entre pinares, que había sido un sanatorio para tuberculosos. Si hubiéramos investigado más sobre él, quizás las historias de ese lugar de muros desconchados y ventanales que semejaban cuencas vacías en un rostro terrorífico, nos habrían quitado las ganas de explorarlo, pero como buenos aventureros, algo ingenuos, preferimos imaginar que las mesas de piedra eran donde ponían a los muertos, y que el suelo de parqué podrido era una pista de baile para los espíritus.
En 1917, el sanatorio fue inaugurado, bajo la mirada distante de Alfonso XIII, con grandes discursos sobre aquella «magna obra» que era una «necesidad de cuantos por su visión ven de cerca las flaquezas de la materia, la degeneración de la naturaleza y la depauperación de la raza» (vamos, que era un hospital, pero con ínfulas). La revista Nuevo Mundo prometía que ya no tendríamos que envidiar a otros países con sus sanatorios modernos, aunque la verdad es que parecía más un panfleto patriótico que un anuncio de turismo.
El sanatorio aguantó años esperando a que alguien lo tirara abajo. Las rejas del ascensor seguían firmes, y las puertas, con su pintura blanca que se aferraba a la madera, le daban un aire de abandono muy de película de fantaterror barata, ambiente que, con seguridad, aprovecharon León Klimovsky y Paul Naschy para rodar allí varias escenas de La noche de Walpurgis, la cuarta entrega sobre Daninsky, el hombre lobo, el personaje que le dio la fama al segundo de ellos. El rodaje con el que, en otra ocasión, me encontré allí fue de presupuesto aún más modesto: seis jóvenes con una cámara de Super-8 contando una historia de un jorobado con un hacha, un vampiro con una elegante capa y un psicópata con una guadaña, a punto de abalanzarse sobre una chica que caminaba por uno de los tétricos pasillos del hospital, alumbrado con antorchas.
Pero el sanatorio no solo era un lugar donde el tiempo se detenía; era un lugar donde el tiempo se plegaba y desplegaba, y donde los ecos de la historia se cruzaban. En un pasillo del sótano, cerca del supuesto depósito de cadáveres, me pareció ver a un oficial alemán de las Schutzstaffel, los paramilitares que originalmente protegían a Hitler, preocupado por el peso de decisiones que aún no había tomado, sus ojos reflejaban la fría lógica de un régimen que aplastaba el pensamiento crítico y la libertad. Su imagen era un recordatorio de que la educación totalitaria no permite cuestionamientos ni empatía.
En otro rincón, como un suspiro antes del desastre, apareció la imagen congelada de Hiroshima, segundos antes de que explotara la bomba atómica. El Enola Gay, un Boeing B-29 bautizado así en honor a la madre del piloto, surcó el cielo con la promesa de una «solución mágica» para minimizar muertes. Aquella bomba, que pretendía ahorrar dolor según los que ordenaron lanzarla, dejó una cicatriz indeleble en la memoria.
Hegel decía que la historia se repite dos veces, Karl Marx añadió que una como tragedia y otra como farsa. Nosotros recorríamos los pasillos sin miedo, comíamos bajo los árboles del jardín y bebíamos vino de la bota junto al estanque seco. Pero el lugar tenía el encanto ominoso de lo muerto que se resiste a morir, de aquello que sobrevive desde siempre, en la oscuridad, como los vampiros.
Franco acababa de morir, y pronto se oyeron sables y sermones advirtiendo del peligro de lo nuevo. La farsa, como siempre, era el idioma oficial de la tragedia.
Y entonces, en medio de todo aquel escenario digno de película de terror de bajo presupuesto, se me ocurrió imaginar una pareja que deambula por los pasillos sin mirarse, hasta que, por fin, se encuentran. La historia podría comunicar al espectador la soledad en la que viven los dos jóvenes, en un paisaje interior en ruinas, en donde en alguna ocasión aparece un sol radiante (que representaría la esperanza en una vida diferente), pero la superestructura generada por la alienada sociedad consumista acaba con el significado de su encuentro.
En una pared del sanatorio alguien escribió un grafiti: «Abajo Rottenmayer, que vuelva Heidi». Rottenmayer, ese arquetipo que en España todavía simboliza la educación totalitaria, seca y crítica sin fundamento —la áspera disciplina que aplasta el pensamiento libre y la solidaridad—, contrasta con Heidi, símbolo de libertad, inocencia y empatía.
A veces, los grafitis guardan el sentido de las cosas importantes de la vida, aunque estén escritos en un muro que se cae a pedazos.
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Para ampliar datos:
· Revista Nuevo mundo (artículo): https://hemerotecadigital.bne.es/hd/viewer?oid=0001745186&page=22
· Real Sanatorio de Guadarrama (artículo): https://es.wikipedia.org/wiki/Real_Sanatorio_de_Guadarrama
Pedro M. Martínez Corada (Madrid, 1951). Escritor, fotógrafo y locutor. Director de la Revista Almiar. Ha publicado el libro de relatos Nunca llueve sobre el Sáhara (Mandala & Lápiz Cero, 2008) y participado, entre otras, en las antologías Vampiros, ángeles, viajeros y suicidas (Kokoro Libros, 2005), Inventarĭum (Margen Cero, 2013) y Archipiélago 988 (Cuadernos del Laberinto, 2022). Primer premio del I Certamen de Relato Breve de la Asociación del Foro Cultural de Madrid (2006).
🖥️ Página web del autor: https://martinezcorada.es
📷 Imágenes: Pedro M. Martínez (2026) ©
Revista Almiar – Margen Cero™ (Foto) – N.º 5 – Noviembre de 2025 – 🧑💻 PmmC



